domingo, 25 de abril de 2021

25 de abril de 1971. Diario de la Aventura

Domingo 25 de abril.

Está colaborando; pero despacio. Tuve que pagar $9.500 de la academia y 4.000 de la pensión... porque me trasladé a una pensión; ya era hora. Sigo siempre con las Curitas, aunque pienso dedicarme al Geniol también. Empleo tengo casi seguro, en el Ministerio de Hacienda, gracias a Charles Fortín, pariente de la Poroncha; pero hay que esperar como un mes más. Aquí están siempre igual: aburriéndose y extrañándome; menos Panchulino, que sólo se preocupa por comer. Hace poco tuvo un trágico accidente, pero se repuso. Mañana vuelvo a respirar aire contaminado; total, no tengo trabajo fijo, soy libre y dueño de mis actos. ¡Tomá!

La venta de Curitas casa por casa ya se me había hecho costumbre; empezaba a tomarle el gusto al recorrer calles desconocidas, ver abrirse puertas, recibir muchas veces la generosa ayuda de la gente que cambiaba mis Curitas "color piel muy resistentes", por unos pesos y la snsación de ayudar a un joven estudiante con saquito de corderoy y anteojos de estudioso. A veces la puerta no se abría o la respuesta n era tan amable, claro. 

En algún momento elegí Palermo como coto de caza, y todas las mañanas me tomaba el subte, hacía la combinación en Diagonal Norte y me bajaba en Pacífico. De allí arrancaba, siguiendo una calle cada día. La recorría por una vereda desde Sanya Fe hasta Córdoba y regresaba por la otra vereda. Generalmente ya era el mediodía, y, si había vendido lo suficiente, me premiaba con unos tallarines al tuco en un bolichón que estaba cerca del puente, por Santa Fe. Cuando volvía a la pieza del hotel, no había satisfacción más grande que desparramar los billetes y monedas que había recaudado sobre la cama, sumar y anotar todo, y luego repartir en partes: una parte para IDA, la academia, una parte para el pago del hotel, una parte para comer y otra para gastos generales. Cuando lograba cubrir la cuota mínima o superarla, me senía muy feliz. No siempre lo conseguía.

Cuando no vendía lo suficiente, mi almuerzo, al regresar al hotel, era un sandwich compuesto por un gigantesco pan Rondín y fiambre; mortadela, que era el más barato, las más veces. Comía sentado en la cama, leyendo algún libro o revista.

A la tarde, practicaba dibujo, y si era día de clases me bañaba y cambiaba y me iba a la academia. Era como ingresar al mundo real. Mi mundo. La personalidad cálida y chistosa de Borisoff me ayudaba a sentirme bien recibido, a pesar de que mi vocación para el diálogo  y la confraternidad no había nacido todavía y me costaba mucho relacionarme con los compañeros. La secretaria, Isabel y el señor García, quien supongo administraba o algo así, también eran figuras simpáticas y afectuosas. Sólo Pereyra, a quien veía entrando y saliendo de su clase de ilustración, me intimidaba un poco. Tenía una sonrisa pícara, de soslayo, que atraía y alejaba al mismo tiempo. Había un profesor Constanzo, tambien, que enseñaba Decoración de interiores, si no me equivoco. 

lunes, 5 de abril de 2021

11 de Abril de 1971. Diario de la Aventura

Domingo 11 de Abril

Así es: volví; pero esta noche parto. Llegué el jueves... no, el miércoles... ¡no!: el jueves a las ocho de la mañana. Acá Mami tironea para que me quede. Están muy tristes las dos solas; pero el camino de mi vida es así: triste y solitario, y debo seguir. Sigo con las "Curitas"; pero ahora me independicé: mañana comienzo. Ya ha pasado más de un mes desde que me fui y aún el panorama se nota oscuro... ¡No hay nada! Mañana me inscribiré en la academia IDA. ¡Y que Dios colabore!

    El equipo salía todos los días rumbo a distintos barrios de Buenos Aires; así empecé a conocer la ciudad. Llegados al lugar de destino, alguna esquina , el jefe nos distribuía los destinos: "Vos por esa vereda, vos por esa otra, ustedes por la otra calle..." Y luego de un tiempo determinado nos reuniamos en otra esquina determinada, hacíamos cuentas y nos despedíamos hasta el día siguiente.

    Poco a poco fui puliendo mi "discurso", es decir, lo que decía cada vez que se abría una puerta delante de mí. Era más o menos así: "Buen día, señora,  estoy trabajando para pagar mis estudios, vendiendo estas Curitas color piel; son muy resistentes y sólo cuestan ..." tal vez el precio fuera cien pesos, no recuerdo bien.

    Uno de mis compañeros era un muchacho que me llevaba algunos años y andaba con muletas. Peinado a la gomina, bien vestido, era un vendedor "profesional", según decía; tanto, que no estaba muy de acuerdo con las condiciones de trabajo. tal vez sus comentarios encendieron en mi mente la idea de independizarme, y ser yo también un "profesional".

    Después de un mes de hacer este trabajo, ya me sentía capaz de hacerlo por mi cuenta. No me parecía justo tener que entregar buena parte de mis ganancias al jefe del grupo, y ya había conversado con compañeros más cancheros, incluído uno que había probado suerte por su cuenta y le iba bien. Alguien me contó que las Curitas se compraban en la calle Pasteur y allá fui. Compré una buena cantidad y me preparé a empezar por mi cuenta.

   

    Uno de aquellos días en que buscaba trabajo, respondiendo a un aviso fui a la librería El Ateneo, en la calle Florida. Allí se daba un curso acelerado para futuros vendedores de libros de la empresa. Soporté una sola clase. Sólo recuerdo que el que daba el curso nos detallaba las objeciones que podía oponer el comprador, y cómo responderle. Cuando hubo que representar la entrevista, para practicar, uno de los asistentes, antes de que la que hacía de posible clienta pudiera hablar, le dijo "Sí, ya sé que usted me va a decir "sí, pero...", así que para ahorrar tiempo,  le voy a demostrar que está equivocada..." con lo cual estalló la risa general. No continué con el curso.

    En otra ocasión, por otro aviso, fui a un departamento lleno de cajas como único amoblamiento. La persona que me recibió me explicó muy seriamente que se trataba de ir a ofrecer el contenido de las cajas, preservativos importados, a las farmacias. Quedé en pensarlo, y seguí buscando trabajo.

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