domingo, 20 de junio de 2021

20 de junio de 1971. Diario de la Aventura

Domingo 20 de junio. 

Ayer lloré. Volví contento por haber hallado un trabajo decente y pensando que ahora Mami iba a estar más tranquila; y fue todo lo contrario! En fin, todo parece haberse  calmado y parece estar conforme con la situación; parece... ¡Yo no sé qué hacer! Pero supongo que debo seguir adelante. Hay mucha soledad aquí y es tan lindo esto, que cuesta irse; pero también cuesta dejar tantos sueños. Veremos qué pasa...


    Cada vez que regresaba a mi casa en Villa Ramallo, fin de semana por medio, se repetía una serie de escenas que me iban desgastando psicológica y sentimentalmente: es que mi madre empezaba a sentir el golpe de mi ausencia y lo demostraba cada vez más abiertamente. Con el paso del tiempo ella iba comprobando que no había sido un simple capricho, un simple "darme una vuelta por la capital a ver qué pasa". Y entonces, a la fugaz alegría del reencuentro, a mi llegada, le sucedía la creciente tristeza de mi próxima partida. María Luján, mi hermana, hacía lo posible por apoyarme, pero también sentía que toda la atención de mi madre se centraba en mí y sufría por verse postergada
    Todo esto me iba pesando cada vez más. Sumémosle la llegada del invierno, cuando los dedos empezaban a congelárseme a la intemperie y la aparente falta de un futuro en lo que yo estaba haciendo: vender curitas en los pasos a niveles o casa por casa. Yo me aferraba a mis estudios, porque sabía que la única posibilidad de no tener que abandonar todo y regresar a mi pueblo con las manos vacías era aprender, aprender y aprender. Por las noches, luego de una frugal cena, tomaba el libro de Loomis, Ilustración Creadora, y lo estudiaba a fondo, con pasión, cuando no me ponía a hacer las tareas que encomendaba Borissof. ¡Toda la anatomía que sé la aprendí aquel año!

lunes, 7 de junio de 2021

7 de junio de 1971. Diario de la Aventura

Lunes 7 de junio. 

Siempre la misma rutina: no pasa nada en el ministerio. El miércoles fue mi día más glorioso: ¡28 cajitas! A la noche fui a ver el partido a lo de Beto: perdió Estudiantes, pero no importa: el miércoles que viene ganamos. Aunque no sé si lo podré ver. El jueves, no, el lunes pasado presenté varias viejas historietas en la academia. ¡Un éxito total! Todos se asombraban de que no hubiera tenido éxito en las editoriales. estoy practicando el estilo de García Ferré: puede haber posibilidades.


    Hoy en día parece mentira que yo haya podido pagar el hotel, la cuota del instituto y comer, con la sola venta de Curitas casa por casa. Eran otros tiempos, claro; hoy, resultaría imposible. 
    Se acercaba el invierno y ya no era tan gracioso deambular por las calles de Palermo o pararme en el paso a nivel de Agronomía para venderles curitas a los automóviles que allí se detenían cuando pasaba el tren.  Sin embargo, no veía otro camino por el momento y lo transitaba con fe en que todo se solucionaría.
    El tío Beto, esposo de la hermana de mi padre, la tía Elena, vivía en el barrio de Caballito, en la casa de un funcionario del gobierno. Allí oficiaba Elena como cocinera  y Beto como chofer, ambos con cama adentro. Años antes la generosidad del patrón había permitido una reunión familiar de la que guardaba lindos recuerdos. 
    Ya había andado por García Ferré. Al abrirse la puerta, la primera vez, en un edificio de la calle Viamonte al 700, me recibió Goyo Mazzeo, quien, luego de un rápido vistazo, me aconsejó seguir estudiando dibujo. Razón no le faltaba, como pude ir comprobando a medida que rebotaba en las editoriales y avanzaba en mis estudios con Borissof en el IDA. Con el tiempo, seríamos compañeros de trabajo y siempre mantuve con él una relación cordial. No podía ser menos, ya que yo guardaba en mi corazón la grata vivencia que me deparó en mi adolescencia la lectura de un ejemplar de la revista que él dirigió: Historias Tangueras. Dos letras de tango memoricé para siempre, tras haberlas leído en sendas historietas escritas y dibujadas por Mazzeo: Noche de Reyes y Con Pena y Amor (un vals, creo). Un tanguero de ley, Mazzeo empilchaba siempre de manera impecable; ya peinaba canas, aunque no creo que pasara de los 40 años.
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