Este es el texto que escribí cuando supe que recibiría el diploma en un acto público en la Legislatura y que tuve presente (sin leer, claro) en la ocasión de hablar y agradecer ante los asistentes. En el momento, el discurso se armó sobre la marcha y luego me quedé con la pena de que, con la emoción del momento, olvidé mencionar a muchos de los que aparecen en el texto escrito. Luego, retomé este texto, y corregí, agregué más nombrees y datos y finalmente aquí está, este "largo gracias" que es justicia expresar desde mi más sincero sentimiento:
Hoy, viernes 12 de agosto, en
el acto de entrega del diploma que acredita a José
Massaroli como Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de
Buenos Aires, otorgada por el voto unánime de la Legislatura
porteña. En el salón San Martín, en el Día de la Reconquista, la
verdad es que todo lo que tengo para decir se podría resumir en una
sola palabra: un enorme ¡GRACIAS!

Pero
no crean que tendrán esa suerte; es demasiado importante para mí y
los que me quieren este momento, como para agotarlo tan pronto y no
extenderme a los muchos que hicieron posible el reconocimiento de que
soy objeto.

Por
eso, para empezar, agradezco profundamente a Julián Cappa, responsable
del Área de Cultura de loa Comuna 7, quien concibió
la idea, hace ya tres años,
a la legisladora, hoy diputada nacional, Paula Penacca, que presentó el
proyecto, al legislador Juan
Modarelli, quien reactivó el proyecto, y a la
Legislatura toda, que lo votó por unanimidad. Es un honor muy grande
y un orgullo que no me abandonará nunca, que la ciudad en la que
vivo hace tanto tiempo (más de medio siglo), reconozca el trabajo
que he desarrollado durante muchos años con la mejor de las
intenciones: difundir los hechos de nuestra historia y la vida y obra
de nuestros héroes menos conocidos, menos difundidos y hasta tapados
por el establishment político y cultural que se estableció
en el país a partir de Caseros y Pavón.

Es
el momento de hacer mías las palabras de Héctor
Germán Oesterheld cuando, hablando de su impar Eternauta, dijo “El
único héroe válido es el héroe en grupo, nunca el héroe
individual, el héroe solo”. Supongamos
por un momento que yo fuera
el héroe, el protagonista más bien, de esta historia. Una historia
que no hubiera sido posible de haber habido siempre cerca un
familiar, un amigo, un maestro, un compañero o un colega pronto para
dar una mano, un consejo o una enseñanza. Al enorme grupo que
conforman todos ellos, sabiendo que seré injusto y no llegaré a
nombrarlos a todos, voy a referirme a partir de ahora y a dedicarles
este entrañable reconocimiento.

Gracias
a mi madre, que me compraban la revista Billiken antes de que
yo supiera leer. Te recuerdo, viejo querido, leyéndome
las historietas de Arturito el Fantasma Justiciero en la cama, cuando
llegabas cansado del trabajo. Gracias a la Tía Rosa, que cuando yo
contaba diez años apenas, me pagó el curso completo de dibujo por
correo de la Continental School. Cuando lo terminé, a los doce años,
recibí un bonito diploma de “Dibujante Profesional”... ¡y me lo
creí, claro! Esa convicción inocente de que ya era un profesional
me ayudó a esperar los
cinco años que estudié
en la escuela secundaria en mi pueblo, hasta que llegó el momento a
los 18 años, de lanzarme a la aventura en Buenos Aires sin más
armas que la cantidad de historietas que había escrito y dibujado en
todo ese tiempo y una confianza ciega en el porvenir.


En
el Colegio Comercial de Villa Ramallo fue donde una
joven bibliotecaria reparó en mis infinitos dibujos que poblaban
impunemente los márgenes de los cuadernos, y se los hizo llegar a
Quino, ya famoso, en busca de consejo para el joven artista. Gracias
por es empujón fundamental, Silvia Di Bacco, y gracias a Quino por
sus valiosos consejos, primero por carta y luego en su propio
departamento, cuando ya en la capital me atreví a ir a verlo y
recibí el mejor de los tratos. Por
su recomendación, me
presenté en el Instituto de Directores de Arte, donde
enseñaba el genial Alberto Breccia junto a otros antiguos
integrantes de la Escuela Panamericana de Arte. “¡Métale!” me
dijo al ver mis dibujos, y ese mandato fue mi guía a partir de ahí,
para siempre.

Gracias
al ramallense Elías Chalub, quien habiendo sido amigo de mi padre me
brindó su hospitalidad en los primeros tiempos, tiempos difíciles,
de salir a vender Curitas casa por casa, y su presencia y consejo
siempre. Gracias al “Gallego” Alonso, propietario del hotel
Unión, en el que viví ocho años de bohemia pobre pero luminosa, a
expensas de su infinita paciencia, puesta a prueba muchas veces por
mi inconsciencia juvenil. Gracias a mi hermana María Luján, que siempre me apoyó, hasta el día de hoy. Gracias a mis tíos que me recibían en
sus casas de Santos Lugares o San Martín los fines de semana y me
ayudaban así a soportar la pesada soledad de la gran ciudad, al tío
José, que siempre me alentó, y al tío Pancho, que viendo a Garcia
Ferré merodear por los campos de Ramallo en busca de una estancia
comprable, se decidió a hablarle de un sobrino “loco por el
dibujo” que andaba por Buenos Aires.

Cuando
al fin llegué, con mis 18 años al IDA, en marzo de 1971, Breccia se
había ido y estudié
entonces con otros dos grandes maestros: Ángel Borisoff y Pablo Pereyra.
Les agradezco a ambos todo lo que me enseñaron y la paciencia que le
tuvieron a un adolescente callado, tímido, que vivía en un hotel de
la calle Tacuarí y no pensaba más que en hacer historietas. ¡A
Pereyra tengo que agradecerle todavía mucho más: el haberme
entusiasmado con la “historieta realista” contando valiosas
anécdotas del “Tano” Pratt, Solano López, Oesterheld... es decir,
los genios que publicaban en la editorial Frontera, de la que Pereyra
era jefe de arte, Y sobre todo, el haber sido como
un padre comprensivo y cercano. Tal vez por provenir él también del
interior, en su caso, de Cañada de Gómez, comprendía lo duro que
era abrirse paso en la gran ciudad con la sóla brújula de un sueño.
Su atención, su humor y sus consejos hicieron por mí tanto o más
que sus enseñanzas, que no fueron sólo del arte sino de la vida! Él
supo hacer que el IDA fuera para mí no sólo un lugar de aprendizaje
sino una especie de cálido hogar en el que siempre era bien
recibido. Gracias a los compañeros de aquellos cursos, cuya amistad
me ha acompañado y alentado hasta ahora: José Colamussi, Juan
Romero, Omar Iarlori, Marta Ayala, Ana María Sancho, Eduardo Lago...!

Gracias
a Manuel García Ferré, que le contestó a mi tío “Dígale que me
venga a ver”. Y que cuando lo hice, me abrió las puertas del mundo
del dibujo tomándome como miembro de los equipos que dibujaban las
historietas de Hijitus y Larguirucho, con una afabilidad y señorío
inclaudicables. Gracias a los primeros amigos que hice en ese mundo
maravilloso, muchos de los cuales lo siguen siendo luego de casi medio siglo: Raúl Barbero, Santiago Scalabroni, a quien le debo el empujón para que me acercara a Columba y a Lito Fernández y la revelación de Krishnamurti, Herman Hesse y Federico Nietzche, Natalio Zirulnik, también vecino, que siempre estuvo cerca. física y espiritualmente, Patricia Breccia, que me llevó a la legendaria casa de Haedo donde su padre, el inmenso Alberto Breccia, me atendió pacientemente y me permitió compartir con él momentos maravillosos, Alberto Grisolía, Hugo Casaglia, y donde llegaban "monstruos" como José Luis y Alberto Salinas, Bruno Premiani, Arancio, Leandro Sesarego, al que veía pintar sus ilustraciones allí mismo, el gran Héctor Torino, luego compañero (¡un privilegio!) en Jaime Díaz...
Gracias
al excepcional Lito Fernández, maestro y amigo hasta el día de hoy, con el que trabajé
como ayudante cuando dejé García Ferré en 1975 y con el que
aprendí
muchas de las sutilezas de este complicado oficio de contar historias
con dibujos. Como le dijo una vez Narciso Bayón delante mío “¿Vos
sos el que le enseñó lo poco que sabe?” Gracias también a Bayón por su humor y bonhomía. Gracias a la editorial
Columba y a Antonio Presa, su director de arte, que me permitieron,
cuando apenas empezaba, dibujar guiones de los más grandes
guionistas que ha dado el género: Héctor Oesterheld y Robin Wood.
Como dijo Macagno, “Esto es una escuela y encima te pagan.”


En
el campo de la cultura, no debo olvidar agradecer
a dos cimas de nuestras letras, Ernesto Sábato y Jorge Luis Borges,
cuyas obras fueron una gran
inspiración para algunas de mis más sentidas historietas; y en el
caso de Sábato, también
como luminosa guía en el camino del arte a través de sus profundas
reflexiones, leídas en una época en que yo transitaba, solitario,
las regiones del desconcierto y el desaliento. Gracias también al
gran Leonardo Favio, cuyas canciones poblaron y le dieron voz a mi
adolescencia y cuyo Juan Moreira supo impactar tan fuertemente en mi
imaginación, que fue el principal motor que me impulsó a dibujar la
historia del gaucho indómito diez años después de verlo, cuando se
estrenó en 1973. Gracias a Hugo Pratt y Héctor Oesterheld, que sin saberlo, inspiraron con su obra los mejores anhelos de mi carrera.

Gracias
a Eugenio Zoppi, presidente de la ADA (Asociación de Dibujantes de
la Argentina), y a los amigos que integraban la comisión directiva,
Rep, Meiji, Eduardo Maicas, Alberto Caruso y unos
cuantos más que la frecuentaban, como Peni, Meier, Petisuí, Pergament, Schinca, etc. , quienes me permitieron parar durante un
año en el local de la ADA, ya que las cosas no me iban muy bien en 1981, cuando
regresé a Buenos Aires. Gracias a los compañeros del estudio
Géminis, a Silvestre Szilagyi, quien me llevó a ese escondido reducto
bohemio donde viví muchas horas felices de creatividad, trabajo,
humor, mates y ajedrez durante años, a Gaspar González y a Horacio
Merel, que por la misma época en que yo habitaba la ADA, me cedieron
un espacio en aquella legendaria oficina para que pudiera dibujar
mientras buscaba trabajo. A Sergio Mulko, un historietista
extraordinario, cuya amistad me brindó
conocer, disfrutar y aprender del Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal, de
Mika Waltari, de Raymond Chandler, de Víctor Hugo, de Arturo Jauretvche, y un diálogo
pleno de paradojas e ironías que su prematura muerte no ha podido
cortar.

Gracias
al inefable doctor Oscar Bevilacqua, quien me presentó en la revista Caras
y Caretas, que renacía allá por 1982, y donde al fin pude
desarrollar mi creatividad como nunca
lo había hecho hasta ese entonces; tanto, que allí nació, desde el
número 1, de junio del ‘82, mi personaje más querido: Orquídeo
Maidana. Gracias al diario La Voz, que me permitió
realizar
libremente mi Juan Moreira, y donde concebí la idea de narrar la
vida de los caudillos en forma de historieta. Allí nacieron Dorrego,
Facundo y El Chacho, y fue donde mi vocación por la historia argentina
encontró un cauce por donde desarrollarse.


Gracias
a Jaime Díaz, quien en 1985 me abrió las puertas de su gigantesco
estudio de animación en el que trabajé diez años para Hanna
Barbera, Disney y otras compañías norteamericanas, y donde además
de aprender mucho, me reencontré con los viejos amigos de García
Ferré y Columba y encontré nuevos maestros, como Armando Dacol,
Adolfo de Urtiaga y José
Quartieri. Gracias a otro maestro y artista genial, Daniel Branca,
con quien trabajé otros diez años, hasta su temprano fallecimiento
en 2005 (y luego un lustro más, solo, aplicando sus enseñanzas),
dibujando bajo su supervisión las historietas del Pato Donald que
luego recorrían, y recorren, el mundo, y a los dos grandes amigos que me llevaron
a él: Natalio y Barbero. Gracias a Barbero y a Rubén Torreiro, que
pasaron a tinta (y embellecieron, como dicen los yanquis)
innumerables páginas de mis trabajos para Disney durante más de 20
años.

Gracias
al amigo Abelardo Bustos, a cuya
insistencia debo
la publicación de mi primer libro, en 1997. Y
gracias
a
Gustavo Ferrari, cuyo exquisito fileteado porteño brilla en la tapa
de La Milonga de Orquídeo Maidana, la segunda versión en 2012,
ampliada, de aquel primer libro del ‘97. Gracias a Silvestre ("Frank", para los amigos) Szilagyi, quien varias veces a lo largo del tiempo, cuando yo casi había olvidado mis trabajos históricos me recordaba: "¡Pero vos hiciste los caudillos...!"

Gracias
a Alejandro Aguado, conductor de la editorial patagónica La Duendes,
quien me ofreció publicar, ya en 2010, mis historietas históricas
en forma de libros, y a quienes colaboraron desinteresadamente en la edición de mis libros. No olvido que estos libros se difundieron ampliamente. con el apoyo incesante de La Duendes, en una época
en que el tema gauchesco parecía estar totalmente olvidado. Por esos
días escuche decir a otro gran historietista, Carlos Casalla “No
quiero ser el último que dibuje gauchos” y lo tomé como un nuevo
mandato. Gracias por eso y por tu obra, admirado “Chingolo” Casalla!
Gracias
a la gente del grupo Woodiana, entusiastas reivindicadores de la
injustamente ninguneada durante décadas editorial Columba. Desde
que descubrieron que yo había trabajado allí no
cesaron de difundir mi obra
y acompañar mis pasos hasta el día de hoy: Javier
Rago, Felipe Ávila, Ariel Avilez, Rubén Barreiro...
Gracias
al Instituto de Investigaciones Históricas Manuel Dorrego, al Centro
Cultural Felipe Varela y al Instituto Juan Manuel de Rosas, donde
seguí cursos de
Revisionismo Histórico y asistí a charlas que me permitieron salir
a hablar con algún grado de conocimiento cuando se trataba de
presentar mis libros sobre figuras históricas… En ellos
conocí a autores
valiosos
que se interesaron y apoyaron mi trabajo, como Hugo Chumbita, Pablo Hernández, Pablo Vázquez,
Norberto Galasso, Mara Espasande… ¡muchas gracias a todos por
compartir este amor a la Patria y esta lucha!

Gracias
a los prologuistas de mis libros: Oscar Bevilacqua, Alejandro Aguado,
Ariel Avilez, Hernán Brienza, Germán Cáceres, Miguel Rep,
Horacio González Arzac, Pablo Hernández, Silvestre Szilagyi, Hugo
Chumbita, Jorge Morhain... Todos ellos brindaron un marco de prestigio y calidad que
contribuyó grandemente al éxito de las publicaciones.


Gracias
al conductor de Ediciones Fabro, Fabián D’Antonio, y a sus
colaboradores, entre ellos la incansable Carola González Feijóo y
Fernando Hrycack, con cuyo apoyo pude realizar y publicar un viejo
sueño: la trilogía sobre La Vuelta de Obligado y La Guerra del
Paraná, con la que volví a escribir y dibujar temas históricos
después de mucho, tiempo, entre 2012 y 2017. Gracias al querido y eañorado amigo Felipe
Ávila, entusiasta difusor de mi obra, colaborador en La Vuelta de Obligado y conductor del grupo Rebrote con el que cometimos
la hazaña de publicar en 2015 ¡tres revistas de historietas
simultáneamente! Gracias a Marcelo Pulido, quien me eligió para ilustrar su guión El Manuscrito, de ficción histórica, basado en la figura de Héctor Oesterheld y su Eternauta, que fue distinguido con una Mención Especial por el colectivo Banda Dibujada.

Muchas
gracias a quienes me han alentado en los últimos tiempos con
entrañables reconocimientos que asumo
con humildad y gratitud y que me comprometen a seguir
por este camino de por vida, como la gente del encuentro Dibujados, la Biblioteca Nacional, Jorge Volpe Stessens, del Museo Diógenes Taborda, Osvaldo Crespo, quien
me otorgó La
Orden del Buzón, la gente de Villa Constitución, Sonia Olmo y el
grupo de la revista A Tiza y Carbón, de Moreno, Martín
García, conductor de la Agrupación Oesterheld, que me declaró
“Patriota del Pueblo y de la Patria”, Daniel Flores y La Bancaria
de Mendoza y de Buenos Aires, que organizaron importantes muestras sobre mi trabajo, el Concejo Deliberante de Ramallo, que me
declaró “Ciudadano Ilustre”, dándome la alegría más grande
que un ciudadano de mi patria chica puede lograr.
Gracias
al amigo y colega Ramón Gil y a la gente de la Secretaría de
Cultura y la Municipalidad de Merlo, que me convocaron a la bella
tarea en la que estamos
trabajando actualmente, una
vez más en el terreno histórico, pero ahora ya en el
siglo XX: ¡estamos contando en forma de historietas las heroicas
historias de los veteranos merlenses en
la Guerra de las Malvinas! Ya vamos por la cuarta y esperamos contar
muchas más. ¡Ojalá que este noble aporte que hace quienes nos encargan la obra, al reconocimiento y
difusión del valor de nuestros soldados y a la eterna causa de nuestras Malvinas,
sea seguido por otros municipios, provincias y el estado nacional!
Bueno,
hemos llegado
al presente y sólo me queda hacer un ferviente llamado a que tanto
el sector público como el privado hagan todo lo posible para que las
historietas de temas históricos y gauchescos no desaparezcan de las
librerías ni de los quioscos; por el contrario, para que lleguen más
allá todavía: a las escuelas, a las bibliotecas y a todos los
espacios donde puedan ser útiles para despertar
el interés de chicos y grandes por los hechos de nuestra historia,
sin cuyo conocimiento no hay futuro para un país. Porque
son parte fundamental de nuestra cultura nacional y nuestra identidad
irrenunciable… ¡Y porque yo tampoco quiero ser “el último que
dibuje gauchos”!
José
Massaroli