Sigo copiando anotaciones de una vieja libreta, que datan de fines de 1971, mi primer año en Buenos Aires, cuando todavía creía que podía dedicarme a componer canciones, además de dibujar:
"1-12: Entregué la cinta grabada con mis siete temas en Music hall, al mismo tiempo que los registré.
9-12: Pasé por M. H. pero el que se ocupa de eso no vuelve hasta el martes. Paciencia.
15-12, martes: Pasé por M.H. pero tpodavía no ha regresado el tipoi. Más paciencia. ëligro para mi porvenir como músico beat: Szer me ordenó cortarme el pelo. ¡Grrr!
27-12, viernes: Última clase en IDA. Le entregué a Boris un último trabajo.
18-12, sábado: Se cumplió la maldición: tuve que cortarme el pelo. $4.- ¡Adiós!
20-12, sábado: Se hizo la cena en la Boca.Bardahl llegó tarde pero llegó. Gané un premio con el "28". Lindo.
Cena de fin de año en la Boca: aparezco con los anteojos que usaba por aquellos tiempos. A mi izquierda, "Bardahl"; el señor de bigotes era "el señor García", según creo recordar, el contador del instituto.
Cena de fin de año en la Boca: con compañeros de Primer Año cuyos nombres quisiera recordar. Nunca más nos vimos a partir del año siguiente
22-12:, miércoles: Otra vez a Music Hall: el individuo no ha vuelto a aparecer pero por lo menos rescaté la cinta. ¡Ah, hijos de...!
1972
7-1, viernes: Envié una carta a 7 Días pidiendo cantante. Veremos.
11-1: Me anoté para el curso de verano en IDA. ¡Qué calor!
3-2: Pasé por Odeón; pero los directores artísticos están de vacaciones hasta fines de marzo. ¡Grrr!
5-2: Pasé por RCA: Ídem"
Una muestra de la forma en que componía, usando el piano de mi hermana y tocando con sólo con la mano derecha. Cosas de aficionado, como el tiempo me demostró
Cuando volvía del trabajo, pasaba por Casa América y me quedaba mirando la vidriera. Al cobrar el primer sueldo, corrí a comprarme una flauta melódica Hohner. Todavía la tengo
La boleta de pago por el registro de la propiedad intelectual de mis canciones, que optimistamente me apresuré a registrar antes de recorrer las grabadoras
"Las cosas parecen estabilizarse en Buenos Aires. Mami está más tranquila; yo, en el trabajo, voy bien; me falta poco para los 19. Mami ya cumplió años. Hoy los festejamos los dos. Vinieron los parientes. Ayer fue el traslado de los restos de Papi. Incendio en la Academia. Compré la flauta. Posibilidad en La Gaceta de La Boca. ¡Adelante! ¡Hacia el futuro!"
Mi padre había muerto en 1965, cuando yo tenía apenas doce años. Todo fue muy difícil desde entonces, y tal vez el dibujo de historietas fue el refugio que encontré ante un mundo que se me había vuelto extraño de repente. Tal vez el traslado de su ataúd desde la bóveda de los Silva, donde nos habían prestado un espacio, a un nicho propio, fue una señal de que las cosas empezarían a encaminarse... o no, pero de pronto se me ocurre que nada es casual.
Así fue que, luego del pesimismo casi absoluto de mi anotación anterior, vino este período de armonía, de aceptación, por parte de mi madre, de la posición que yo había "conquistado" en Buenos Aires, y cierta calma empezó a regir mis días. Se acercaba la primavera, por lo tanto, todo renacía.
En algún momento volvía visitar a Quino. Tenía que devolverle sus revistas Mad, a las que había escudriñado a fondo. Eran todos grandes dibujantes y el que más me gustó (y lo copié, tratando de imitarlo) fue Mort Drucker, gran historietista y caricaturista, una de las estrellas de la famosa revista.
Quino me recibió con la mima cordialidad, atención y paciencia de la vez pasada. El tiempo se llevó lo que hablamos , pero recuerdo que al irme me señaló el saco de corderoy marrón clarito que yo llevaba y me dijo con una sonrisa algo así como "Lindo saquito, eh!". Con ese saco me había venido de Ramallo, había vendido Curitas casa por casa, lo tenía puesto cuando me presenté en Alfa Hogar para pedir trabajo y con él asistía al IDA. ¨¡Cómo no recordar con cariño y para siempre aquel simpático comentario del maestro!
¿A qué recordar aquellos dias tan difíciles para un pibe de 18 años que tenía que soportar un baño de angustia cada vez que regresaba a su hogar, cada quince días, y además enfrentar una dura vida en Buenos Aires, viviendo en un hotel, trabajando en algo que no le interesaba, sin amigos ni ayuda, salvo la hospitalidad de mis tías Flora y Chinda, que cada tanto me recibían un domingo en sus casa del Conurbano? Sólo el espacio que había encontrado en la clase de Borisoff en el IDA, donde me sentia en mi lugar y aprendía cada día el nombre de un músculo nuevo, una nueva forma de usar el pincel la pluma o de interpretar una figura viva con un lápiz, un papel y un tablero, me reconfortaba y me daba ánimo para seguir resistiendo con la esperanza de que el tiempo me a la larga daría una mano.
Mi primer visita al departamento de Quino fue con el objeto de agradecerle sus consejos por carta, mostrarle mis dibujos y pedirle consejo. Ya tomar el subte A y bajarme en la estación Castro Barros y caminar hasta el 400 ó 600 de esa calle era toda una aventura, dado mi desconocimiento de la gran ciudad.
Era un departamento cálido, amplio. Quino me recibió en una elegante sala de estar y no tardó en solicitarme que le mostrara los dibujos que yo llevaba en mi carpeta: algunas de las historietas que yo dibujaba en Ramallo y dibujos de las clases de Borisoff. Logró encontrar algo que elogiar en aquellos trabajos de principiante y no dejó de aconsejarme que siguiera en la brecha, que no aflojara. Más allá de mi vista, se oía la voz de quien adiviné sería su esposa, conversando con otra mujer.
En algún momento le comenté que escuchaba a Julio Sosa en la radio y eso nos llevó a hablar un pc de tango. Encontramos que teníamos en común el desarraigo del provinciano en la gran urbe, y que el tango nos daba un eco reconfortante de aquella tristeza hecha de ausencias y lejanías.
Finalmente tuvo la generosidad de prestarme varias revistas Mad, norteamericanas, ya que había visto mi decidida preferencia por el dibujo humorístico. Me serían muy útiles como modelo de trabajo profesional, y me sentí muy contento por su buena voluntad. Estas cosas eran las que me daban fuerza para seguir adelante pese a todo lo demás.
"Todo sigue sin decidirse. Indefinido. Mami hace gestiones para que yo entre en el banco. Ayer hubo balance en Alfa; y asado... ¿Qué pasará? Dios lo sabrá..."
La brevedad de la anotación habla de lo angustiosa situación en que me encontraba, que ni siquiera me permitía escribir. La presión para que dejara todo y volviera a Ramallo era muy grande. ¿Cómo me sostenía...? Bueno, me aferraba a los logros, pequeños pero significativos, que iba consiguiendo: un trabajo estable, las dos clases semanales en el IDA, la vida en el hotel no era lo que se dice placentera pero me iba acostumbrando. Mi compañero de pieza, el tucumano Arias era tranquilo y amistoso; trabajaba de sereno cerca del hotel, de manera que no nos superponíamos mucho: cuando él andaba en la pieza, yo estaba trabajando o estudiando, y cuando estaba yo, a la noche, él se iba a su trabajo. Todo esto jugaba a favor, pero al mismo tiempo cada viaje a Ramallo me reflotaba la tensión y la incertidumbre al ver el estado de mi madre, cada vez más ansiosa y preocupada, y yo volvía a Buenos Aires aliviado por un lado pero cargando con una angustia cada vez más grande.
De aquellos días tengo que recordar especialmente las dos o tres visitas que hjce al domicilio de Quino, el genial humorista que tuvo el gesto de aconsejarme por carta el año anterior, y que no vaciló en recibirme en su departamento de la calle Medrano cuando sentí la necesidad de ir a agradecerle su atención y a pedirle consejo, que buena falta me hacía. En la próxima nota contaré en detalle cómo fueron aquellos encuentros tan importantes para mí.
"Sin embargo, aún no dijo nada. Mami aún no obtuvo buenos resultados de su campaña. Hoy tuvo una crisis de nervios. Ella es una constante preocupación, Yo no soporto más. Le dije que vendría cuando ella quisiera; pero ahora no se decide a hacerme venir porque teme que no consiga trabajo. Es un ejemplo viviente de indecisión, ¡Pobre mami! Traje un retrato de Favio, bastante parecido, y cuatro canciones suyas. María Luján va más seguido a los bailes. Esperemos que en quince días haya novedades."
El retrato de Favio era uno de los trabajos que hacíamos en la clase de Borisoff, en el IDA. Para mí, llegar a el bellísimo e imponente edificio de la Galería Güemes, en plena calle Florida, era acceder a otra dimensión. Allí, en el primer piso, encontraba gente joven que amaba el dibujo, que quería aprender al igual que yo, y un maestro que realmente disfrutaba de todo lo que hacía. Sobre todo cuando se trataba de explicarle algo a alguna de sus alumnas ("Mire, pequeña...", les decía mientras no dejaba de palmearles alguna rodilla, sentado a su lado, y a veces tomándole la manito para mostrarle cómo se daba el trazo). De todas maneras, él siempre encontraba un momento libre para dedicarle a cada uno.
Ver manejar el pincel a Borisoff era un verdadero placer. Artista consumado, hacía hablar a la tinta china que depositaba sobre el papel, retocando o más bien redibujando el dibujo de algún alumno. No por ello dejaba de contar cuentos y hacer chistes, la segunda de sus "debilidades". Sus "chistes malos" eran famosos entre los que asistíamos a sus clase, de las que no nos íbamos sin haber aprendido el nombre y la ubicación de algún músculo nuevo.
Por unas dos horas, en aquel ambiente cálido, inspirador y didáctico, me olvidaba del frío de la calle, de mi cuarto de hotel y de la dura lucha por sobrevivir a cada día de trabajo en algo que si bien me permitía solventar mis gastos, no em interesaba para nada. Eso me llevaba a causar y tener, problemas en lo que hacía, como no dejaron de notarlo mis superiores. Pero esa es otra historia
"He tomado una decisión: regresar. Soy joven y habrá tiempo para el triunfo, más adelante; pero mami no puede esperar. Ahora me voy, sí; pero probablemente después de cobrar a principios de Agosto en Alfa. vuelva, si es que consigo, por medio de Mami, entrar en Fiplasto. El mañana dirá; ahora todo está muy incierto. Mi decisión era firme, pero antes que nada están mi mamá y mi hermana. Dios dirá..."
Yo había conseguido trabajo en una empresa de artículos para el hogar que se encontraba en Sarmiento al 1200. No fue casualidad, sino que dos primas de mi madre, la Poroncha y la Chin (así las llamaban en la familia), tenían un dinero invertido en Alfa Hogar, y al ir a cobrar sus intereses se les ocurrió preguntar si necesitaban un empleado. La buena fortuna hizo el resto y a comienzos de junio me encontré usufructuando mi título de Perito Mercantil en las oficinas de aquella empresa.
Paradójicamente, cuando mi situación pareció estabilizarse, mi madre se puso peor. Claro, ella en el fondo esperaba que luego de intentar todo lo posible, yo me desanimara y regresara a Ramallo. Al ver que mi posición en la capital se consolidaba, su psiquis acusó el golpe y comenzó a mostrarse cada vez más desolada por mi ausencia, lo que tanto a mi hermana como a mi nos afectaba bastante, de modo que cada regreso mío se convertía en un valle de lágrimas.
Ayer lloré. Volví contento por haber hallado un trabajo decente y pensando que ahora Mami iba a estar más tranquila; y fue todo lo contrario! En fin, todo parece haberse calmado y parece estar conforme con la situación; parece... ¡Yo no sé qué hacer! Pero supongo que debo seguir adelante. Hay mucha soledad aquí y es tan lindo esto, que cuesta irse; pero también cuesta dejar tantos sueños. Veremos qué pasa...
Cada vez que regresaba a mi casa en Villa Ramallo, fin de semana por medio, se repetía una serie de escenas que me iban desgastando psicológica y sentimentalmente: es que mi madre empezaba a sentir el golpe de mi ausencia y lo demostraba cada vez más abiertamente. Con el paso del tiempo ella iba comprobando que no había sido un simple capricho, un simple "darme una vuelta por la capital a ver qué pasa". Y entonces, a la fugaz alegría del reencuentro, a mi llegada, le sucedía la creciente tristeza de mi próxima partida. María Luján, mi hermana, hacía lo posible por apoyarme, pero también sentía que toda la atención de mi madre se centraba en mí y sufría por verse postergada
Todo esto me iba pesando cada vez más. Sumémosle la llegada del invierno, cuando los dedos empezaban a congelárseme a la intemperie y la aparente falta de un futuro en lo que yo estaba haciendo: vender curitas en los pasos a niveles o casa por casa. Yo me aferraba a mis estudios, porque sabía que la única posibilidad de no tener que abandonar todo y regresar a mi pueblo con las manos vacías era aprender, aprender y aprender. Por las noches, luego de una frugal cena, tomaba el libro de Loomis, Ilustración Creadora, y lo estudiaba a fondo, con pasión, cuando no me ponía a hacer las tareas que encomendaba Borissof. ¡Toda la anatomía que sé la aprendí aquel año!
Siempre la misma rutina: no pasa nada en el ministerio. El miércoles fue mi día más glorioso: ¡28 cajitas! A la noche fui a ver el partido a lo de Beto: perdió Estudiantes, pero no importa: el miércoles que viene ganamos. Aunque no sé si lo podré ver. El jueves, no, el lunes pasado presenté varias viejas historietas en la academia. ¡Un éxito total! Todos se asombraban de que no hubiera tenido éxito en las editoriales. estoy practicando el estilo de García Ferré: puede haber posibilidades.
Con Goyo Mazzeo muchos años después, en la Academia del Lunfardo, con gran el gusto de recibir un ejemplar del libro que recopila sus Historias Tangueras, firmado por él mismo
Actualmente parece mentira que yo haya podido pagar el hotel, la cuota del instituto y comer, con la sola venta de Curitas casa por casa. Eran otros tiempos, claro; hoy, aquello resultaría imposible.
Se acercaba el invierno y ya no era tan gracioso deambular por las calles de Palermo o pararme en el paso a nivel de Agronomía para venderles curitas a los automóviles que allí se detenían cuando pasaba el tren. Sin embargo, no veía otro camino por el momento y lo transitaba con fe en que todo se solucionaría.
El tío Beto, esposo de la hermana de mi padre, la tía Elena, vivía en el barrio de Caballito, en la casa de un funcionario del gobierno. Allí oficiaba Elena como cocinera y Beto como chofer, ambos con cama adentro. Años antes la generosidad del patrón había permitido una reunión familiar de la que guardaba lindos recuerdos.
Ya había andado por García Ferré. Al abrirse la puerta, la primera vez, en un edificio de la calle Viamonte al 700, me recibió Goyo Mazzeo, quien, luego de un rápido vistazo, me aconsejó seguir estudiando dibujo. Razón no le faltaba, como pude ir comprobando a medida que rebotaba en las editoriales y avanzaba en mis estudios con Borissof en el IDA. Con el tiempo, seríamos compañeros de trabajo y siempre mantuve con él una relación cordial. No podía ser menos, ya que yo guardaba en mi corazón la grata vivencia que me deparó en mi adolescencia la lectura de un ejemplar de la revista que él dirigió: Historias Tangueras. Dos letras de tango memoricé para siempre, tras haberlas leído en sendas historietas escritas y dibujadas por Mazzeo: Noche de Reyes y Con Pena y Amor (un vals, creo). Un tanguero de ley, Mazzeo empilchaba siempre de manera impecable; ya peinaba canas, aunque no creo que pasara de los 40 años.
Y aguanté. En este escaso tiempo, vendiendo Curitas nuevamente, logré pagar los $6.000 de la academia y parte de lo de la pensión. El panorama parece mejorar, pero no para Mami: es terrible su pesimismo. Dentro de un rato me voy. Esta tarde trataré de entrar en Dante Quinterno por medio del argumento que les entregué hace casi 15 días; ya me llevo escrito otro. Del empleo en el ministerio, ni noticias. ¡A darle a las Curitas, nomás!
Desde los primeros días en Buenos Aires transité las editoriales en busca de aprobación para mis trabajos de aficionado y de trabajo. No venía consiguiendo ninguna de las dos cosas pero iba adquiriendo experiencia en el trato con los editores, que es lo que más necesita un principiante.
Así fue como conocí al legendario Tulio Lovato, el dibujante estrella de la editorial Dante Quinterno; es decir, ¡de la revista Patoruzú! Un edificio enorme, lujoso, en mitad de Maipú al 900 me recibió fríamente. Lovato, en cambio, me trató con la cordialidad de un maestro que recibe a un joven e inexperto aspirante a colega. Comentó con piedad mis dibujos, me mostró originales de la historieta que estaban haciendo de Patoruzú, las que devoré con los ojos. ¡Al fin veía un original de historieta! Eran páginas bastante más grandes que las de la revista, y se dibujaban de un solo lado. Una prolijidad inconcebible relucía en esos trazos límpidos, precisos, muy distantes de lo que yo había llevado.
Finalmente, me propuso escribir guiones. No salía de mi asombro, pero me dijo que le habían gustado los guiones de mis historietas y que por ahí podía andar más fácil la cosa, al menos para empezar. Me envió a ver a otra ,leyenda de la editorial, Mariano Juliá, supervisor de los guionistas, quien luego de una amable charla me entregó una especie de manual con todos los requisitos que debía incluir un buen guión de Patoruzú. Ese día salí de allí sintiendo que llevaba un tesoro en mis manos.
No tardé en concebir ideas y escribir borradores, que esperaba tuvieran mejor suerte que mis dibujos.
¡Pero ojalá ya tuviera el trabajo en el ministerio! Porque con el Geniol me fue malísimamente y quedé en bancarrota. Mami, conmocionada, trata de que me quede y abandone todo; no sé qué hacer, si me voy puede pasarle algo... ¡Oh, destino! ¿Qué hago?... En la escuela, todo va bien; el problema es pagarla. En la pensión me traicionaron: cuando volví me habían cambiado de habitación y mandado a un altillo, donde estoy solo, y Mami, desesperada. Todo parece venirse abajo; Éste es el momento de aguantar...
La idea de "ampliar el negocio" vendiendo Geniol además de las Curitas, no funcionó para nada. Por algún extraño motivo, a la gente no le interesaban las aspirinas. ¡Tuve que volver rápidamente a la venta de los apósitos "color piel muy resistentes"! Pasé varios días casi sin recaudar nada de dinero, hasta que recuperé el nivel de venta anterior, transitando siempre las calles de Palermo, una por cada jornada.
¡Encima, el disgusto de llegar un domingo a la noche, cargando la tristeza de dejar en la estación de Ramallo a mi madre y sus lágrimas y mi hermana soportando pacientemente lo que le esperaba, y encontrarme q mi habitación ya no era la mía!
La llave no abría y yo no entendía por qué; hasta que, alertado por el ruido que hacía luchando con la cerradura, apareció el Gallego Alonso. Prontamente me advirtió que ahora mi habitación estaba al fondo, junto al lavadero, subiendo unos pocos escalones. Que allí estaría mejor, solo, más tranquilo, etc. etc. Eso me convenció un pco, ya que la convivencia forzada no era algo que soportara con alegría, por más que Marciano Arias fuera un compañero de pieza realmente macanudo.
Empezaba a comprender que en la vida nada es definitivo, que todo cambia constantemente, y uno también cambia con las cosas que cambian.
Está colaborando; pero despacio. Tuve que pagar $9.500 de la academia y 4.000 de la pensión... porque me trasladé a una pensión; ya era hora. Sigo siempre con las Curitas, aunque pienso dedicarme al Geniol también. Empleo tengo casi seguro, en el Ministerio de Hacienda, gracias a Charles Fortín, pariente de la Poroncha; pero hay que esperar como un mes más. Aquí están siempre igual: aburriéndose y extrañándome; menos Panchulino, que sólo se preocupa por comer. Hace poco tuvo un trágico accidente, pero se repuso. Mañana vuelvo a respirar aire contaminado; total, no tengo trabajo fijo, soy libre y dueño de mis actos. ¡Tomá!
La venta de Curitas casa por casa ya se me había hecho costumbre; empezaba a tomarle el gusto al recorrer calles desconocidas, ver abrirse puertas, recibir muchas veces la generosa ayuda de la gente que cambiaba mis Curitas "color piel muy resistentes", por unos pesos y la snsación de ayudar a un joven estudiante con saquito de corderoy y anteojos de estudioso. A veces la puerta no se abría o la respuesta n era tan amable, claro.
En algún momento elegí Palermo como coto de caza, y todas las mañanas me tomaba el subte, hacía la combinación en Diagonal Norte y me bajaba en Pacífico. De allí arrancaba, siguiendo una calle cada día. La recorría por una vereda desde Sanya Fe hasta Córdoba y regresaba por la otra vereda. Generalmente ya era el mediodía, y, si había vendido lo suficiente, me premiaba con unos tallarines al tuco en un bolichón que estaba cerca del puente, por Santa Fe. Cuando volvía a la pieza del hotel, no había satisfacción más grande que desparramar los billetes y monedas que había recaudado sobre la cama, sumar y anotar todo, y luego repartir en partes: una parte para IDA, la academia, una parte para el pago del hotel, una parte para comer y otra para gastos generales. Cuando lograba cubrir la cuota mínima o superarla, me senía muy feliz. No siempre lo conseguía.
Cuando no vendía lo suficiente, mi almuerzo, al regresar al hotel, era un sandwich compuesto por un gigantesco pan Rondín y fiambre; mortadela, que era el más barato, las más veces. Comía sentado en la cama, leyendo algún libro o revista.
A la tarde, practicaba dibujo, y si era día de clases me bañaba y cambiaba y me iba a la academia. Era como ingresar al mundo real. Mi mundo. La personalidad cálida y chistosa de Borisoff me ayudaba a sentirme bien recibido, a pesar de que mi vocación para el diálogo y la confraternidad no había nacido todavía y me costaba mucho relacionarme con los compañeros. La secretaria, Isabel y el señor García, quien supongo administraba o algo así, también eran figuras simpáticas y afectuosas. Sólo Pereyra, a quien veía entrando y saliendo de su clase de ilustración, me intimidaba un poco. Tenía una sonrisa pícara, de soslayo, que atraía y alejaba al mismo tiempo. Había un profesor Constanzo, tambien, que enseñaba Decoración de interiores, si no me equivoco.
Así es: volví; pero esta noche parto. Llegué el jueves... no, el miércoles... ¡no!: el jueves a las ocho de la mañana. Acá Mami tironea para que me quede. Están muy tristes las dos solas; pero el camino de mi vida es así: triste y solitario, y debo seguir. Sigo con las "Curitas"; pero ahora me independicé: mañana comienzo. Ya ha pasado más de un mes desde que me fui y aún el panorama se nota oscuro... ¡No hay nada! Mañana me inscribiré en la academia IDA. ¡Y que Dios colabore!
El equipo salía todos los días rumbo a distintos barrios de Buenos Aires; así empecé a conocer la ciudad. Llegados al lugar de destino, alguna esquina , el jefe nos distribuía los destinos: "Vos por esa vereda, vos por esa otra, ustedes por la otra calle..." Y luego de un tiempo determinado nos reuniamos en otra esquina determinada, hacíamos cuentas y nos despedíamos hasta el día siguiente.
Poco a poco fui puliendo mi "discurso", es decir, lo que decía cada vez que se abría una puerta delante de mí. Era más o menos así: "Buen día, señora, estoy trabajando para pagar mis estudios, vendiendo estas Curitas color piel; son muy resistentes y sólo cuestan ..." tal vez el precio fuera cien pesos, no recuerdo bien.
Uno de mis compañeros era un muchacho que me llevaba algunos años y andaba con muletas. Peinado a la gomina, bien vestido, era un vendedor "profesional", según decía; tanto, que no estaba muy de acuerdo con las condiciones de trabajo. tal vez sus comentarios encendieron en mi mente la idea de independizarme, y ser yo también un "profesional".
Después de un mes de hacer este trabajo, ya me sentía capaz de emprenderlo por mi cuenta. No me parecía justo tener que entregar buena parte de mis ganancias al jefe del grupo, y ya había conversado con compañeros más cancheros, incluído uno que había probado suerte por su cuenta y le iba bien. Alguien me contó que las Curitas se compraban en la calle Pasteur y allá fui. Compré una buena cantidad y me preparé a empezar por mi cuenta.
Uno de aquellos días en que buscaba trabajo, respondiendo a un aviso fui a la librería El Ateneo, en la calle Florida. Allí se daba un curso acelerado para futuros vendedores de libros de la empresa. Soporté una sola clase. Sólo recuerdo que el que daba el curso nos detallaba las objeciones que podía oponer el comprador, y cómo responderle. Cuando hubo que representar la entrevista, para practicar, uno de los asistentes, antes de que la que hacía de posible clienta pudiera hablar, le dijo "Sí, ya sé que usted me va a decir "sí, pero...", así que para ahorrar tiempo, le voy a demostrar que está equivocada..." con lo cual estalló la risa general. No continué con el curso.
En otra ocasión, por otro aviso, fui a un departamento lleno de cajas como único amoblamiento. La persona que me recibió me explicó muy seriamente que se trataba de ir a ofrecer el contenido de las cajas, preservativos importados, a las farmacias. Quedé en pensarlo, y seguí buscando trabajo.
Va a tener que seguir aguardando... Anoche volví y esta noche me voy de nuevo. Traigo gratos recuerdos de los parientes,,. ¡Elías Chalub sí que se ha portado!: hace tres semanas que estoy en su casa y me aguanta sin chistar. Buscando, algo voy a hallar, tarde o temprano (más tarde que temprano, parece). Últimamente me dedico a la venta de apósitos autoadhesivos, o mejor dicho "Curitas"; no rinde mucho pero es algo. Panchulino está muy crecido. Existe el rumor de que es hembra... Bah! Volveré...
Fragmento de carta enviada a mi madre, como empecé a hacer regularmente a la semana de llegar, para tenerla tranquila:
El lunes... de Marzo de 1971 por la mañana, estaba buscando trabajo. Guiado por los avisos clasificados del Clarín y exclusivamente a pie recorrí tres lugares. El primero, un asunto de corretaje de perfumería (quedaron en llamarme); el segundo, una empresa de transportes aéreos (quedaron en llamarme); y el tercero...
Marta abrió la puerta después que hube tocado el timbre del departamento 27 del edificio ubicado en Cangallo 1243. Me hizo pasar y Ricardo me atendió. Me explicó el asunto y yo, sin entender mucho, dije que sí.
El martes a las ocho en punto estaba allí. En la puerta, antes de entrar, me encontré con una chica no muy alta, morocha y con flequillo, ataviada regularmente. Entramos juntos. Junto a los silenciosos principiantes, empezaron a llegar los ruidosos y alegres veteranos en las lides vendedoriles...
Podían tomarme enseguida, 15 días a prueba, pagándome "sólo comisiones", y si andaba bien, entonces $30.000 por mes y más o menos el 10% de las ventas. Pero como yo tenía que reunir los $4.000 de la pensión y ellos no me podían adelantar, dije que podía empezar la otra semana, cuando ya hubiera juntado con las Curitas lo suficiente, y dijeron que no había problema, que fuera cuando quisiera.
En cuanto a Dante Quinterno, aún no pude ir; pero creo que , si no hay inconvenientes, podré ir el martes o el miércoles.
Esta mañana vendí la cajita entera, así que ya reuní como $2.000 y espero tener para el martes los $4.000 y así no tener que gastar lo que me mandaste, que espero devolvértelo cuando vaya, el sábado, para que veas que me estoy arreglando bastante bien.
Esta mañana encontré a un muchacho que trabajaba repartiendo manteles casa por casa y retirándolos al otro día. Dice que le pagan..." (Falta el resto).
El Hotel Unión, donde pasé los primeros años en la gran ciudad. A la izquierda, había una colchonería, creo, y luego estaba la entrada al edificio donde vivía Chalub y en el que pasé el primer mes de mi aventura
Antes que lo de las Curitas, respondiendo a un aviso de Clarín, yo había trabajado... ¡medio día! en un lugar que estaba por Talcahuano o Paraná, entre Corrientes y Avenida de Mayo, una imprenta o algo así. Estuve un rato viendo cómo un flaco de pelo largo revelaba negativos, cosa que ya me era familiar porque Elías Chalub, como buen fotógrafo, hacía lo mismo, revelaba sus propias fotos y me había mostrado como lo hacía. Pero de ahí a hacer yo lo mismo, me parecía que había un trecho demasiado grande. Encontramos un tema para cambiar ideas: el rock nacional. No lograba interesarme por lo que el pibe hacía y trataba de enseñarme.
Tarjeta del múltiple Elías Chalub, dibujada, seguramente por alguno de sus amigos pintores de La Boca
Luego me encargaron barrer una escalera, y ahí comprendí que ese trabajo no era para mí. Fue cuando empecé a barrer desde el primer escalón de abajo hacia arriba y amablemente me hicieron notar que así no era la cosa. ¡Claro, creo que yo jamás había barrido una escalera! En fin, al mediodía tenía un tiempo para ir a comer, y como me quedaba cerca lo de Elías me fui para allá. A la hora de volver al trabajo, ya había tomado mi decisión: fui y le dije al jefe que no seguía y que me disculpara. No puso ninguna objeción. Al salir a la calle, respiré con el alivio del que ha recuperado la libertad.
En la radios, sonaban constantemente Te Quiero Te quiero, en la voz de Nino Bravo, y Nicola di Bari con su El Corazón Es un Gitano. Junto con temas de Tormenta y Leonardo Favio, fueron el fondo musical de aquellos primeros días en casa de Elías. Escucharlos ahí, en el departamento de la calle Tacuarí, era como recuperar momentos de Ramallo; creaban un vínculo, una continuidad con mi vida anterior. Una vida de la que parecía haber cortado amarras tal vez definitivamente; tan distinto era todo...
El otro día estuvo a almorzar Albornoz y anoche fui a su casa a despedirme. Dicen que éste es el último día de Panchulino en esta casa. Esperemos que no... Dentro de una hora y media partiré hacia la Capital. ¡Que tiemblen los rascacielos! Para empezar, voy a lo de Elías Chalub, quien me llevará a ver a Américo barrios, del diario Crónica. ¡Suerte, José María, el triunfo aguarda!"
Esto escribía en mi diario un día como hoy, hace exactamente 50 años (¡medio siglo!), cuando estaba por tomar el tren y dar el salto a la gran ciudad. Presentía que mi vida cambiaba para siempre y creo que no me equivoqué. nada volvió a ser igual, ni para mi madre y mi hermana, que se quedaron despidiéndome en la estación de Villa Ramallo, ni para mí, que comenzaba una larga aventura que todavía no ha terminado.
También traía direcciones a donde ir a presentar mis dibujos.
Ramón Albornoz, hoy médico, radicado en San Nicolás, era uno de mis no muchos amigos ramallenses, y Panchulino, un gatito negro que habíamos encontrado unos días antes y al que había bautizado así por una canción de Leonardo Favio que le había escuchado también hacía poco. Mi temor era que mi madre aprovechara mi ausencia para deshacerse de él, cosa que al final no ocurrió, tal vez porque se convirtió en un reflejo mío que la ayudó a mitigar mi ausencia.
Mi letra no ha cambiado mucho, se ve: Esta anotación que traía conmigo, tiene la dirección y teléfono de aquella época, de Elías Chalub, mi primer destino en la Buenos Aires
Casualmente aquel día viajaba también a Buenos Aires Silvia Di Bacco, quien, siendo bibliotecaria de la Escuela de Comercio donde hice la Secundaria, durante 1970, le había enviado mis dibujos a Quino por correo, pidiéndole una guía para aquel chico tan callado y tan afecto al dibujo de historietas, tanto que ni ella ni muchos vecinos lograban visualizar un futuro viable para él en el pequeño pueblo.
Fines de 1970. Silvia me despide del Colegio Comercial. El Futuro espera...
La respuesta de Quino, generosa y precisa, me orientó bastante, y mi deuda de gratitud con ambos es para siempre. La compañía y conversación de Silvia calmaron mi ansiedad durante las cerca de cuatro horas que duró el viaje, tal vez más, y sus consejos me serían muy útiles en aquellos primeros pasos.
Los acordes de Zapatos Rotos, el tema de los Náufragos, resonaban en mis oídos; en cierta manera, me guiaban... "Queda mucho por andar, lejos ya quedó mi pueblo, voy camino a la ciudad"...
Nos separamos en Retiro. Al despedirme de Silvia, comprendí que me quedaba solo, Estaba acostumbrado a la soledad, pero soledad en mi casa, en mi pueblo; esto era otra cosa, era la Aventura. Miles de personas subían y bajaban de los trenes en la gigantesca estación del Ferrocarril mitre, y yo no conocía a nadie. Y nadie me conocía. Si bien yo había estado allí en alguna otra ocasión, nunca me había hallado solo en Buenos Aires. Sabía que tenía que tomar el subte y bajarme en la estación Moreno. Luego de bajar la escalera que tantas veces bajaría y subiría en el futuro, vi varias ventanillas con gente haciendo cola y dos vías; cuando me atendieron en una de ellas. pregunté:
-¿Cuál es el que va a Moreno?
-Todos -fue la lacónica respuesta.
¡Estaba en Buenos Aires y tenía mucho que aprender!