Se cumplen
dos décadas en
2016 de aquella primera historieta que dibujamos con Raúl Barbero para la editorial
Egmont, de
Dinamarca:
An Eye for an Eye (Ojo por ojo). Veinte años no serán nada, según
Gardel, pero en ese lapso se pueden hacer muchos dibujos, muchas historietas, muchos patos. Veamos cómo empezó todo esto:

En el invierno del
95 suena el teléfono en mi casa.
Raú Barbero, mi antiguo compañero de
Garcia Ferré y
Jaime Díaz, me avisa que hay un dibujante buscando colegas para trabajar para
Europa. Poco después,
Natalio Zirulnik me llama y me pasa más datos: se trata de
Daniel Branca, el recordado dibujante del
Sátiro Virgen en la revista
Satiricón y
El Mono Relojero en
Billiken. No se había sabido más de él desde que se despidió una noche en
IDA, en el año
1976. Yo estuve allí y pude conocerlo personalmente, cuando el doctor
Bevilacqua,
Heredia, el creador de
Perro Mundo, mi maestro
Pereyra y otros alumnos y dibujantes lo despedían junto con su pasador a tinta
Oscar Fernández. Partían para
España, porque aquí
"la realidad te golpea", había dicho
Fernández.
En el estudio que tenía por esos tiempos en la terraza de mi casa, en Buenos Aires
Branca estaba de vuelta en la
Argentina y me enteré cuando lo fui a ver que una vez en
España se había dedicado a dibujar el
Pato Donald para
Dinamarca, junto con mi viejo amigo
Santiago Scalabroni, que partiera en
1974 para
Barcelona. Allá se conocieron y, tras pasar por
Bruguera, contactaron un estudio que producía cantidad de historietas
estilo Disney para
Dinamarca. Más adelante, se independizarían y trabajarían directamente.
Barbero mateando en el estudio de la terraza
Esto no lo dijo
Daniel, porque su modestia era proverbial, pero pronto trascendió entre nosotros que a poco de llegar a
Egmont, él se transformó en un renovador absoluto de la forma de dibujar las historietas
"de patos". El mismo
Carl Barks, taumaturgo genial que creó todo el entorno y la personalidad del
pato, consideró que
Branca era
el que más se le acercaba. Y no le erraba. La editorial danesa, lo
tenía como su máximo artista en actividad, siendo admirado e imitado por
muchos otros dibujantes, y cuando
Daniel avisó que se volvía a
Buenos Aires, le encargaron que contactara otros artistas que pudieran hacer más historietas de
Donald y sus amigos. No era fácil.
La historieta como se publicó en Rusia, en 1999
Pero la larga experiencia que yo había ido adquiriendo con los dibujos animados primero, y las historietas para
Disney Adventures, más la que había hecho el año anterior para
Italia (Zío Paperone), me permitían confiar en que saldría adelante. Lo mismo pensó
Daniel al ver las muestras que le acerqué y comenzamos a dibujar unas páginas de muestra. Llevó tiempo hasta
"agarrar" el estilo, que venía a ser el de
Barks, por suerte, porque era un placer mirar y aprender del dibujante que tanto yo como
Daniel habíamos leído de chicos.
Tal como se publicó en Holanda, en 2001 y en 2013
Finalmente, pasadas a tinta por
Barbero, partieron las páginas.
Volvieron con algunas correcciones que nunca faltan, se hicieron y pronto llegó el
primer guión de prueba. Una vez aprobado
(pero nunca publicado) para comienzos de
1996, ya estábamos dibujando esta historieta a la que nos referimos hoy, la segunda que realicé para
Egmont en esta etapa (ya había ilustrado Mickey Mistery cuando estaba en los estudios de Jaime Díaz), y la primera publicada, dando inicio a una colaboración de
quince años, en la que junto con
Barbero en la tinta
(y Rubén Torreiro en unas cinco o seis historietas), ilustramos más de 1400 páginas.
Tapa de la primera publicación en 1998 en Dinamarca, en la revista Anders And (Pato Andrés)
Titulada en inglés
An Eye for an Eye (Ojo por ojo), fue publicada recién en el número del
29 de enero de 1998 de la revista
Anders And and Co. (Pato Donald y Cía.). Los guionistas eran
Pat y Shelly Block. Fue publicada hasta ahora en
Alemania, Brasil, Dinamarca, Holanda, Noruega, Rusia y
Suecia.
He aquí las seis páginas
(en danés):
No podía saber que éste iba a ser el trabajo más largo de toda mi
carrera. Las historietas se fueron sucediendo una tras otra, la relación
con
Daniel se fue conviertiendo en amistad. Los patos serían
casi mi familia a partir de estas primeras páginas hechas con todo el
entusiasmo de poder dibujar a un personaje con el que me había
identificado desde antes de saber leer, cuando mi padre me leía las
aventuras creadas por el gran
Barks en la revista
El Pato Donald, de la editorial
Abril. Con el tiempo me enteraría que allí también trabajaba otro gigante:
Héctor Oesterheld. Sin saberlo, en aquellas noches de
Villa Ramallo, a fines de los
'50, se estaba creando
un destino.