
Y es así nomás:
Carlos Chigolo Casalla dibujaba gauchos aunque el tema de la historieta que le tocaba ilustrar fuera la
New Orleans de la época del
jazz, el
Lejano Oeste de
Álamo Jim o las estepas rusas de
El Cosaco; todos sus personajes tenían los rasgos inconfundibles del gaucho, del indio pampa, incluso sus inimitables caballos no dejaban de ser criollazos, galoparan donde galoparan.
Casalla recibiendo una distinción en el Día del Dibujante, 2009, cuando dijo "No quiero ser el último que dibuje gauchos". y para mí, que estaba republicando mi Juan Moreira con La Duendes, fue como recibir un mandato ineludible por parte del maestro

El caso es que
Chingolo se nos fue, tras 90 años vividos intensamente, creando hasta el último momento tanto sobre el tablero como frente a una batería, el pasado
5 de abril. Queda una obra impresionante. Su personaje el
Cabo Savino batió records de permanencia
"en el aire", ya que no dejó de publicarse desde su primera aparición en el diario
La Razón en
1951, pasando por décadas en las revistas de la editorial
Columba, hasta no hace mucho en el diario
Río Negro.
Un Savino autografiado que me dibujó Casalla en la histórica Bienal de Córdoba de 1979
Estas tres páginas que siguen, donde se lo ve al
Cabo Savino, jovencito, afeitado, perseguido por un temible francotirador en la
Guerra del Paraguay. Son de cuando
Casalla
recuadraba con regla. El dibujo más prolijo, más medido, pero el mismo
talento inigualable de siempre. ¿Qué tienen de particular estas tres
páginas? Que fue mi primer encuentro con el legendario
Cabo que nunca ascendió. Ahí lo conocí y me quedé enganchado con el personaje, con el clima denso, ominoso (que no poco le debe a
Carlos Albiac,
el guionista en este caso), de una historia que nunca llegué a saber
cómo empezaba ni cómo terminó. Tres páginas, un berretín de toda la vida
con un personaje fuera de serie.
Walter Alarcón, Casalla y Massaroli en una reunión organizada por los Columba, mucho después del cierre de la editorial
Uno de los originales expuestos por Casalla en la Alianza Francesa en 2009, donde lo volví a ver después de muchísimo tiempo

Un día, charlando en un bar de
Monserrat con los amigos
Felipe Ávila y
Carlos Scherpa, surgió espontáneamente la idea:
"¿...Y por qué no hacemos un libro de homenaje al Cabo?"... Luego todo fue vertiginoso:
Alejandro Aguado, inmediatamente, desde la
Patagonia, se sumó a la materialización de la idea, aportando la estructura de
La Duendes y convocando a una gran cantidad de sus colaboradores habituales.
No pasó mucho tiempo desde aquel día de mediados de
2011. La
figura del personaje que fatigó las pampas argentinas en lucha
permanente contra el indio, el bandido y la injusticia, y su querido
creador, don
Carlos Casalla,
convocaron irresistiblemente a gran cantidad artistas deseosos de
dibujar sables, pingos y quepis criollos. El resultado, hélo aquí, con el libro en la calle, ya impreso y distribuído.
Mi versión de Savino, ya canoso, junto al Sundance Kid, unos jóvenes Corto Maltés y Rasputín, y Butch Cassidy. ¡Reunión en la cumbre!
El
19 de marzo de
2016, en la librería
Lipi.Bropos de
Moreno, se presentó en sociedad el
N° 3 de
una revista excepcional, que sin prisa pero sin pausa, a razón de un
número por año, viene llenando un vacío en el universo de las
publicaciones de historietas: cada número se dedica por entero a un
autor de los imprescindibles, de los que fueron, son y seguirán siendo
los pilares de la hisorieta nacional. En este caso, el destinatario del homejae fue
Carlos Casalla. Me enorgullezco de haber participado con una historieta donde pude juntar a
Savino y
Juan Moreira en una re-versión de aquella historieta famosa del cabo, en que se encontraba con el legendario gaucho rebelde.
Viene a mi mente la primera imagen que tuve del querido
Chingolo, allá por
1974. Yo trabajaba en el recordado
Union Studio de la calle
Perú al
500, de
Julio César "Chiche" Medrano, como su ayudante, cuando se abren las puertas y aparece un dúo alegre y pintoresco: un pequeño y movedizo guionista,
Julio Álvarez Cao, y un alto y robusto dibujante,
Carlos Casalla. Venían tarareando una melodía de
jazz, una de las pasiones de ambos, que se materializara en historietas como
Patrulla Americana y
Perdido Joe. No podía creer que los tenía frente a mi. Estuvieron un rato y se marcharon a tomar algo con
Chiche. Sobre la mesa quedó un boceto del maestro, dibujado mientras charlaba. Todavía lo tengo, claro.
No se preocupe, aquí quedamos muchos que seguimos la senda que usted marcó,
Chingolo: Desde que dijo "
No quiero ser el último que dibuje gauchos" han surgido muchos artistas, guionistas y dibujantes que sienten el llamado de lo nuestro, de los héroes criollos, de la pamapa, la selva y la cordillera de nuestro país, donde la aventura puede ser igual o más apasionante que en cualquier lugar del mundo. Sus gauchos, tus caballos, quedan en buenas y cariñosas manos.
¡Hasta siempre, querido Maestro!